La insistencia en el odio

Por: Cicerón Flórez Moya
cflorez@laopinion.com.co

Para algunos dirigentes colombianos, cuya meta es hacerse al poder al precio que sea, la polarización de la nación les ha dejado la utilidad que necesitan para preservar sus intereses. Saben que radicalizando la división pueden pescar como en río revuelto. Por eso acuden al desgreño de ensuciar el agua. Ponen en circulación versiones mentirosas, con efecto intimidatorio. O sea, propagan mentiras con cálculo perverso y cuando no les funciona esa estrategia buscan ayuda en la violencia ejercida como mecanismo de extorsión, de exterminio y de generación del miedo, aunque confían en la ingenuidad de muchas personas sobre las cuales pueden influir.
A falta de propuestas sobre las soluciones a los problemas de la nación, los propagadores de infundios recurrentes arrecian en la prédica del odio. Es el condimento de su discurso. No tienen más. Es el opio de la confusión que lleva al engaño, a la distorsión de la realidad y al embrutecimiento, con lo cual, además, se hace perder la noción de las necesidades y de la magnitud de las frustraciones acumuladas.
Una de las puntadas del engaño es la invención del coco del castrochavismo. Esa versión se acomoda más a lo que representan los dirigentes que la inventaron si es que se trata de decir que están en riesgo las libertades y otras garantías propias de la democracia. Porque la semejanza está en los falsos positivos, en las amenazas a la libre expresión, en el recorte de los derechos de los trabajadores, en la tendencia al ejercicio indefinido del poder, en la utilización abusiva de los recursos públicos y en la manipulación política de los organismos de control.
Los que compiten hoy por el poder desde las toldas del extremismo contra las soluciones democráticas y que se han alineado con el nombre desafiante de derecha, ya lo ejercieron con resultados negativos, porque no se resolvieron los problemas de la nación y en algunos casos se agudizaron. La pobreza se mantuvo en su alto nivel. El empleo siguió precario. Y el conflicto armado tuvo alargue.
A pesar de esos malos resultados se insiste en cerrarle el camino a un debate que ponga al país en el rumbo de nuevas posibilidades. Se acude entonces a la prédica del odio, del revanchismo y del atraso, para que el oscurantismo reine contra la lucidez y la razón. Es como condenar a Colombia a padecer las plagas de la adversidad, como si la corrupción fuera poca cosa y la paz no contara para nada.
Pero no puede ser que Colombia quede atrapada en laberinto de la incompetencia política, aislada de las corrientes surtidoras de democracia en la perspectiva del mejor aprovechamiento de los recursos para la construcción del Estado social de derecho no teórico sino real.
Del odio no resultan sino las miserias y bajo ese peso el país queda atrapado, sin salida.
Puntada
Así como se han prendido las alarmas por la migración de venezolanos a Cúcuta, se debe reaccionar ante la situación de violencia en el Catatumbo, donde los grupos armados sostienen la guerra por el control de la coca sin que el Estado tenga capacidad de imponer la paz.

 

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