La lujuria de la corrupción

Por: Cicerón Flórez Moya
cflorez@laopinion.com.co

El entramado de la corrupción ha alcanzado en Colombia proporciones extremas. El costo que tiene para el país es indicativo de su magnitud y por consiguiente se imponen acciones de profundidad, con capacidad de desmontar el poder devastador de las mafias organizadas para su manejo. Sin un desmonte efectivo de ese monstruo la nación seguirá padeciendo la frustración de cuanto se emprenda como solución de los problemas que se padecen.
El inventario de los hechos de corrupción en la nación es arrasador, tanto más por la complicidad que la ampara. Complicidad proveniente de las mismas entidades oficiales desde donde los servidores públicos actúan en connivencia con quienes incurren en actos ilícitos.
Los protagonistas de la corrupción obran con voracidad desmedida. No les importa el daño que resulta de sus actos. Su finalidad es apoderarse de cuanto puedan y en esa carrera persisten. Lo hacen conscientes de la ayuda que encuentran entre quienes administran la justicia o tienen funciones de control. El caso de Interbolsa lo confirma. Ese enorme descarrilamiento financiero se va a convertir en un monumento a la impunidad. Por vencimiento de términos los comprometidos en la defraudación quedarán absueltos de toda culpa. Finalmente demandarán al Estado y agregarán a su riqueza nuevos ingresos. Lo cual no es excepción. El enriquecimiento de los Nule también terminará como una audacia adornada de legalidad. La consecuencia será la reparación que deben recibir como si fueran víctimas. Su condición de delincuentes de cuello blanco les garantiza privilegios, hasta el punto de que podrán aspirar a galardones de reconocimiento a su ´rectitud´.
No pocos delincuentes reales en Colombia se convierten en próceres. Cuando les imputan cargos dicen que eso es montaje para dañar su buen nombre. Fue el caso de Andrés Felipe Arias, quien desde el Ministerio de Agricultura le regaló a unos ricos recursos del programa Agro Ingreso Seguro por varios millones, pero no aceptó la irregularidad de ese raponazo y sus patrocinadores lo graduaron de ´buen muchacho´. De todas maneras, se ha tenido que sentar en el banquillo de los acusados.
La cadena de la corrupción está alargada por muchos eslabones. Son los políticos que abusan del poder, los togados que desde las altas Cortes venden los fallos judiciales a los inculpados, los que trafican con pensiones, los que permiten la depredación de los recursos naturales, los que hacen fraude en las elecciones, los que negocian la contratación de los restaurantes escolares, los que convierten el sistema de salud en un remolino de engaños, los que pagan por matar.
Llegó la hora de tratar en serio ese flagelo de la corrupción. Si no hay saneamiento lo que seguirá será un naufragio irreparable. Y debe tomarse en cuenta que la corrupción es el peor mal. Todo el desastre.
Puntada
Las elecciones debieran ser la oportunidad de educar para la democracia. Pero esto requiere de partidos decididos e interesados en la construcción del Estado Social de Derechos, como lo consagra la Constitución de 1991.

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