Estado Islámico y el precipitado anuncio de su defunción

Por Moisés Saab *

La Habana (PL) Ahora que ese fenómeno político, social, económico y sobre todo mediático conocido como Estado Islámico da signos de extenuación en sus últimos baluartes de Iraq y Siria, obligado por ofensivas exitosas, es llegada la hora de examinar concepciones erróneas sobre esa entidad, la cual se quiso eterna y está debilitada, pero no liquidada.

Una primera concepción errónea es que esa agrupación, bien armada y con fuerza económica surgió en Siria durante el conflicto desatado en ese país en 2011 para derrocar al gobierno encabezado por el Partido del Renacimiento Árabe Socialista, cuya plataforma es laica, nacionalista árabe y socialista, y resulta conocido también por el vocablo BAAZ, que en árabe significa Renacimiento.

Muy por el contrario, la franquicia es la más poderosa en términos económicos que haya conocido la historia pues sus ingresos diarios, provenientes de la venta ilegal de petróleo, tráfico de órganos humanos, rescates por dinero e incluso tráfico de personas, en particular en Libia, se estiman en cerca de tres millones de dólares diarios.

En rigor de verdad la génesis del califato, integrado por grupos armados de musulmanes de la escuela de pensamiento sunita, está en el norte de Iraq, data de 2003, en específico de la zona de exclusión aérea declarada en el norte de la antigua Mesopotamia por la coalición militar encabezada por Estados Unidos y Gran Bretaña, tras la agresión militar que dio al traste con el gobierno, también baasista, del presidente Saddam Hussein.

Aquí cabe hacer una analogía con la red Al Qaeda, parida en Afganistán a fines de la década de los años 70 del pasado siglo por el millonario saudita Osama bin Laden con el apoyo logístico, económico y entrenamiento de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense.

La extensión del Estado Islámico a países subsaharianos como Mali y Níger y del norte del desierto, como Egipto, Libia, ambos en fecha posterior; Argelia y Túnez, así como a Yemen, y Estados de Asia, es subsiguiente y un resultado de los éxitos en el terreno en el conflicto sirio y la situación creada en Iraq por la invasión y ocupación militar de la coalición dirigida por Washington.

Este análisis está confirmado por recientes declaraciones del presidente sirio, Bashar Al Assad, quien denunció que la responsabilidad del fortalecimiento de esa entidad, notoria por sus desmanes contra civiles y crímenes de lesa humanidad en las zonas que ocupa recae, según las alegaciones del mandatario, en Turquía, Arabia Saudita y Qatar, y, por supuesto, intereses políticos de las potencias occidentales.

A partir de esas afirmaciones de alguien que posee información de primera mano sobre el tema como es el presidente sirio, resulta dable suponer que Estado Islámico (EI) constituye una reedición de la paradoja del doctor Frankestein, creador de un monstruo que se volvería en contra de su creador.

Resultaría simplista suponer que el surgimiento del también llamado Daesh, es sólo consecuencia de voluntades concertadas: tras su crecimiento también hay problemas seculares tales como el subdesarrollo, la escasez de opciones para grandes sectores de la población, en particular la juventud, analfabetismo, desempleo, hambre y exacerbamiento del sectarismo confesional con fines políticos.

En paralelo, está la acción de los medios informativos transnacionales, que para identificar a Estado Islámico han acuñado una serie de términos engañosos e insultantes para los musulmanes, el más interesado de los cuales es calificar a los miembros del EI como yihadistas.

La Yijad o guerra santa islámica, es uno de los deberes de los musulmanes y, en esencia, resulta defensiva ya que postula respuestas calibradas a agresiones contra el Islam, es decir, se adoptan medidas económicas, militares o culturales, en dependencia del tipo de ataque.

Ni en el Corán, el libro sagrado de los musulmanes, ni en la Sunna, la recolección de enseñanzas, dichos y aprobaciones o desaprobaciones del profeta Mohammed y de sus compañeros, se postula la muerte violenta de los opositores o de aquellos que profesan otra religión.

Muy por el contrario, un ejemplo se observa en la Historia: en el Califato de Córdoba y en Granada, el último reducto de la presencia musulmana en España, los cristianos y judíos vivían en completa libertad confesional, que, vale recordarlo, terminó con la reconquista y la entrada en vigor de la Inquisición católica, protagonizada por el infame monje Tomás de Torquemada, confesor de la reina Isabel la Católica.

También es erróneo suponer que la derrota militar de Estado Islámico en Iraq y Siria significa el fin de esa agrupación: la dispersión de sus miembros y la persistencia de las condiciones que le dieron vida, más la posibilidad de que sus patrocinadores originales la mantengan en reserva para reutilizarla cuando lo estimen necesario, anuncian que aún dará mucho que hablar.

En una conversación de sobremesa tras un almuerzo de trabajo en El Cairo el canciller egipcio, Sameh Chukry, aseguró al comentarista: ‘No hay distinción entre movimientos islamistas moderados y radicales; son categorías inexistentes. Dadas las condiciones, todos llegan a ser violentos’.

En las presentes circunstancias de debilitamiento como fuerza militar organizada es posible esperar cambios en las tácticas de EI para ajustarla a teatros de operaciones urbanos: esta saga no ha llegado a un fin en el que los villanos de circunstancia muerden el polvo de la derrota y los héroes marchan hacia un horizonte del brazo de su amada.

arb/mt/msl

*Periodista de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.

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