¿Es Trump un payaso, el líder del imperialismo o ambas cosas?

FERNANDO M. GARCÍA BIELSA

Nuestro José Martí, allá por 1891, dijo que en política lo real es lo que no se ve. En los EE.UU, acostumbrados a rendir culto de su añeja Constitución, a los “padres fundadores”, a su condición de nación pretendidamente ‘excepcional y escogida por Dios’, pero donde lo mismo se venera al himno y a la bandera que se la trata como trapo colorido para cubrir partes púdicas, existe ahora un presidente excéntrico y arrogante, dado al lenguaje brutal y sin tapujos, que ha logrado ser tratado por muchos como si fuera el centro del universo. Que logra atraer sobre sí todas las miradas.


Algunos lo consideran un imbécil o un loco, cosa que no creo lo sea. Otros como un bufón que deslegitima la presidencia de EEUU, cosa que no deja de ser cierta.

Pero se pierde de vista lo esencial: que mal que bien Donald Trump funciona a la cabeza del sistema, es decir, de las instituciones que integran la principal potencia imperial; que él es una importante pieza de la misma y que, aunque lo parezca, en realidad no se manda solo.

Hay una muy significativa diferencia entre la capacidad de Trump para llamar la atención y lo que, por otra parte, su gobierno impulsa y hace.

Casi todos los ojos, las informaciones y los análisis de prensa se centran exageradamente en Trump, en sus twits, en dar cobertura a sus payasadas y exabruptos, y mientras, por otra parte, tras bambalinas, alejado de la luz pública –o solo en el marco de la élite política–, el sistema y su gobierno lleva adelante su estrategia e impulsa leyes acordes a su vocación conservadora, y otras que la élite tradicional neoliberal y guerrerista le ha venido imponiendo.

Los enemigos del presidente en los círculos de poder, que son muchos y no pocos de ellos también ultraconservadores, le dejan hacer porque en lo fundamental el nuevo presidente cubre un tramo de recorrido y de gobierno que les resulta beneficioso.

Y es errado, a mi parecer, pensar o analizar los acontecimientos como que Trump es el único malo o “el más malo de la película” o pasar por alto que muchas de sus políticas ya venían siendo aplicadas por sus predecesores.

Con todo lo desagradable que puede resultar, es errado pensar que si él es eliminado o destituido en un juicio político o como fuere, los problemas y los peligros desparecerían; peligros que emanan de la naturaleza imperialista y en buena medida de acciones derivadas de esta etapa en que EEUU trata de detener la marcada declinación de su hegemonía imperial.

En cuanto a lo que Trump y su gente representan, ciertamente tampoco desaparecerían las frustraciones y aspiraciones de la extensa base social venida a menos que le propició ser electo, y que seguirá teniendo un gran peso en el quehacer político de ese país.

Hay bastantes elementos que muestran que Trump obtuvo la presidencia sin contar con el consenso de la mayoría de los grupos de la élite, y que, en un ataque concertado de la gran prensa y de poderosos centros de poder, fue rápidamente puesto a la defensiva (verbigracia: el caso presumiblemente montado de sus supuestos arreglos con Rusia para amañar la elección, y sus muchas derivaciones).

Como ejemplo se señala que ha entregado el control de la política exterior de su gobierno hacia Cuba –no sabemos si por el momento- a la extrema derecha cubana de Miami que tiene como figura central al Senador Marco Rubio, quien además y no por casualidad forma parte principalísima del Comité de Inteligencia del Senado federal, que es el que tiene la responsabilidad de investigar al propio actual mandatario norteamericano sobre sus relaciones con Rusia.

Estando a la defensiva, el presidente Trump devino más peligroso, por vulnerable y propenso a ceder hacia acciones aventureras u otras. Asimismo, el nuevo presidente no perdió tiempo en que se demostrara lo fraudulento de sus posiciones “populistas” al acomodarse rápidamente a muchas de las políticas preferidas por sus enemigos del establishment oligárquico; lo que debe estarle afectando algo del respaldo con que cuenta en sus bases populares conservadoras y antielitistas.

Pero como decía, mucho está siendo llevado a cabo fuera de la luz pública de manera sostenida, en sesiones cerradas, tratando al máximo de evitar la atención ciudadana y la de muchos observadores internacionales, mientras que el Presidente sigue atrayendo sobre él las miradas y la cobertura noticiosa.

Como se venía haciendo por anteriores administraciones, se hacen avanzar leyes reaccionarias o a través de órdenes ejecutivas se están socavando los derechos de los trabajadores, mutilando las protecciones de los consumidores, los insuficientes programas de salud del país están siendo devastados, se trata de restringir selectivamente el derecho al sufragio, se eliminan impuestos a las corporaciones y los ricos, que reducen las posibilidades para el Estado de seguir financiando programas sociales.

El reciente aumento descomunal con varias decenas de miles de millones en el ya de por sí gigantesco gasto militar, actúa en el mismo sentido de erosionar los presupuestos que deberían suplir la necesidades de millones de ciudadanos.

Se están eliminando algunas de las tibias limitaciones que existían para la especulación financiera, con lo que se aumenta el riesgo de provocar desastrosas crisis. Así, el más brutal segmento del partido republicano está haciendo avanzar políticas diseñadas para seguir enriqueciendo a sus bases corporativas, es decir a quienes los financian.

Hay un marcado proceso para desviar la atención lejos de todo ello; alejarla de lo fundamental, quizás aprovechando y como resultado natural de la propensión farandulera del presidente.

Aunque en un marco de acrecentadas fracturas y contradicciones existentes en el país –incluso en el seno de la élite–, y con todo lo impredecible que se dice que es, Trump resulta funcional a todo esto. Como presidente, él tiene por supuesto una impronta en todo lo que ocurre, pero no es una rueda suelta ni un loco.

 

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