Cambio de rumbo

opinionPor. Cicerón Florez Moya
cflorez@laopinion.com.co

No es honrado desconocer la gestión del presidente Juan Manuel Santos para llevar a las Farc a la dejación de las armas, con lo cual se pone fin a un conflicto armado que se había vuelto crónico y con unos altos niveles de degración por los extremismos en que cayeron los combatientes de uno y otro lado. Negar la importancia de ese hecho histórico es querer tapar el sol con las manos, o, como decía el poeta Eduardo Cote, pretender detener el vuelo de un avión pisándole la sombra.

La entrega de las armas que se utilizaron a lo largo del conflicto representa un acto de confirmación de la renuncia a la lucha a golpe de violencia mortal. Y se hace con la decisión de no repetición. Queda atrás y enterrada la acción desgarradora, con la cual el país se llenó de víctimas.

Lo paradójico es que mientras se silencian las armas y se despliega la perspectiva de la reconciliación para no seguir en la pendiente de la confrontación, se intensifican las estridencias de la corrupción, con el protagonismo de los más altos servidores del Estado. El carrusel de los delincuentes de cuello blanco rueda a velocidades desatinadas. Es una función de desfachatez que no puede producir sino vergüenza.

Pero el país no puede resignarse a ese descarrilamiento, cuyas secuelas no agregan sino desventuras y atrapan a la nación en unas contradicciones asfixiantes.
Por eso hay que cambiar de rumbo. Al acuerdo de paz con las Farc se le tienen que agregar los cambios pactados, a fin de que Colombia deje de ser un semillero de conductas ilícitas.

Amarrar a Colombia a cien años más de odio y corrupción sería condenarla a la hecatombe de la frustración de sus posibilidades en la construcción de su felicidad. Ese odio de egos venenosos, o el que lleva a ejercer la violencia en defensa de intereses abusivos y opresores, o el que impone dogmas contra el pensamiento libre, o el que levanta barreras de clase o predica la resignación a la pobreza y la desigualdad, es el soporte de quienes se empeñan en la explotación del poder como una propiedad particular en contra de los derechos colectivos. Es el caldo de cultivo de la corrupción.

Ya es tiempo de salir de ese laberinto de la estrechez, que es una forma de impedir la participación popular en el manejo del patrimonio público. Hay que cambiar de rumbo, puesto que el modelo predominante para el manejo de lo público está en crisis que ya tocó fondo. Para consolidar la paz y la democracia lo que sigue es
impedir la repetición de lo que ha sido desastroso.

Puntada
El destape de tanta corrupción en Colombia debiera dar paso a una acción colectiva de cambio. Y las elecciones de 2018 la hacen posible.

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